Una de las escenas más temidas en la vida de un hombre es el fracaso en la cama, particularmente el hecho de no poder lograr o mantener una buena erección. Ese es el momento en el que parece que nos hubiésemos tomado la pastilla de chiquitolina, nos sentimos humillados, con la autoestima por el subsuelo y unas tremendas ganas de desaparecer del mundo.

El machismo recalcitrante que todavía marca a fuego nuestras relaciones nos hace creer a hombres y a mujeres que el placer sexual gira en torno a un pene erecto. Para colmo, la pornografía es quizás la principal referencia que tenemos de un acto sexual pleno y satisfactorio, y en la medida en que no entendamos que las películas XXX son la ciencia ficción del sexo, estaremos condenados a sentirnos siempre por debajo de esos estándares inalcanzables.

Así es como vamos siendo víctimas de los mitos que los mismos hombres creamos, y ahora el desafío es dejar de tomar nuestra propia medicina. Aquí te cuento tres ejemplos.

Los hombres no fallan. Casi como una máquina perfecta, el pene debe reaccionar de inmediato al estímulo sexual, independientemente de cualquier interferencia o situación desventajosa. Y la realidad es que —aunque a veces lo disimulamos muy bien— somos personas, y como tales nos vemos influenciados por diferentes factores que pueden disminuir o incluso bloquear nuestra respuesta sexual: conflictos con la pareja, estrés, procesos de duelo, baja autoestima, incomodidad con una situación o persona en particular, presiones externas, exigencias desmedidas, además del cansancio, el alcohol, las medicaciones y las enfermedades médicas, entre tantas otras. Dicho de otra manera, nuestro pene es selectivo y para funcionar deben darse unas condiciones mínimamente favorables que además son particulares a cada hombre. Tenemos que darnos cuenta de cuáles son los factores que nos motivan, cuales nos inhiben y por supuesto respetarnos sin exigirnos por demás. Y la tarea más difícil de todas es ¡saber decir que no!: cuando no tenemos ganas, no nos sentimos cómodos o no nos atrae sexualmente alguien. Sí, aunque no lo crean, los hombres también decimos que no, y si no lo hacemos nuestro pene —que es más inteligente que nosotros— será el que se niegue, dejando de funcionar. Eso es lo que algunos filósofos llaman la “sabiduría del pene”.

El hombre es el responsable del placer de la mujer. Hace poco una chica autodenominada sex blogger escribió en Twitter que el 80 por ciento de los casos de anorgasmia en la mujer se debe a los malos amantes. ¿De dónde salió esa estadística? Yo tengo datos de estudios serios que plantean otra cosa: el 80 por ciento de las mujeres que no llegan al orgasmo no conocen su cuerpo, ni su respuesta sexual; algunas incluso no saben adónde está su clítoris. Entonces, muchachos, no comamos cuento. Si la mujer no disfruta, lo más posible es que sea por sus propias barreras y por su dificultad para abandonarse a las sensaciones eróticas. Y si, por el contrario, es multi-poli-archi-recontra orgásmica, tampoco es porque nosotros somos una combinación de Nacho Vidal y el negro del WhatsApp. Simplemente son mujeres empoderadas, amigadas con su sexualidad y su cuerpo, que saben perfectamente lo que quieren y cómo pedirlo. Por suerte son cada vez más, y eso es genial para que la famosa equidad de género también se presente entre las sábanas.

Si en una relación sexual no tenemos erección, entonces no vale la pena continuar. Por alguno de los motivos que mencionaba antes, el pene se rebela y se niega a funcionar. Lo más común en ese momento es que el hombre se enoje, se angustie y se sienta decepcionado de sí mismo. En ocasiones la mujer es comprensiva y lo acompaña, pero en otras echa más leña al fuego y le hace una lista de reproches o comienza con un interrogatorio interminable. Si alguna vez les ocurre algo así (lo que es tan probable como que tengan una caries), no se dejen llevar por la angustia y recuerden que mientras tanto tienen muchísimas opciones para disfrutar más allá de un pene erecto. En definitiva, no tener una erección en determinadas circunstancias no es un fracaso sino una situación que nos humaniza y ayuda a conocernos mejor. Incluso un hombre que en ese momento se ríe de sí mismo le quita dramatismo a los acontecimientos y evita ponerse piedras en el morral, lo que podría ser, en otros casos, el inicio de un problema sexual. Y, por cierto, si esa situación ya es recurrente o sienten que están entrando en un modo obsesivo al respecto, es recomendable la consulta a un especialista en sexología. Podrían tener una disfunción eréctil.