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| 9/9/2019 10:00:00 AM

La “monotiradera”

“¡Me aterra la idea de que al casarme con Luis tenga que tirar solo con él per saecula saeculorum!”, me dijo mi amiga Andrea aterrada, cuando le asaltó la duda de si iba a lograr estar con él toda la vida sin sucumbir a las condenadas tentaciones hormonales. Al principio pensé que así como era de exagerada para comer manzanas (seis diarias), estaba dramatizando con el cuento de la “monotiradera”.

La “monotiradera” La “monotiradera”

Ahora sé que esa vaina nos afecta a hombres y mujeres por igual. Tener sexo siempre con la misma persona es una de las mayores fuentes de insatisfacción+monotonía en las parejas, pero casi todos nos quedamos parados en esa base porque cruzarla da miedo. Para los que quieren romper el “tú para mí y yo para ti” les quedan dos opciones: o ponen los cuernos, o se transforman en swingers.

Los swingers nacieron durante la II Guerra Mundial, cuando los soldados estadounidenses intercambiaban a sus mujeres: ponían las llaves de sus habitaciones en un sombrero y se iban a la cama con la que les salía al azar. Por esta razón la imagen de la cerradura y la llave sigue asociada a este movimiento, que después se extendió por el mundo.

Para “swingear” se empieza por lo general en locales o bares de pago, y de ahí se pasa a circuitos en casas con círculos cerrados. Los bares swingers no son para todos. Una cosa es pensar y fantasear con que se va a encontrar a George Clooney en chingue, y otra es lo que se ve en realidad después de que le dan una toalla y unas pantuflas en estos locales, que por lo general son superoscuros y con un fuerte olor a cloro y pecado.

Yo lo he intentado tres veces y apenas he podido hacer algo. La primera, me besé con un man que me decía que yo tenía cara de asustada, mientras su mujer le metía la lengua a mi pareja. Luego busqué el chance de hacer algo más, pero él me dijo que “ni por el putas”, y la cosa terminó en esa rumbeadita de quinceañera.

Una de las reglas swinger es permanecer siempre cerca de la pareja. Pero cumplirlo ha sido difícil para mí, porque mi novio nunca quiere soltarme y el consentimiento debe ser bilateral. Casi siempre es de palabra, pero cuando la propuesta del desconocido es con el roce de su mano en mi hombro, ese sutil gesto siempre me da como moridera y me pone nerviosa.

La segunda vez fui con un amigo que quería probar. Lo llevé un día entre semana y literalmente la única persona que había en el bar era el mesero. Después hicieron su aparición un señor barrigón y viejo, acompañado de una jovencita con acento boliviano. Se quitaron la toalla e hicieron su tarea delante de nosotros. Ella emitía unos ruidos como de esos muñequitos de piscina que chillan al oprimirlos... Vimos esta escena medio bizarra más por morbo que por gusto. Cuando terminaron se largaron. Es que para “swingear” no solo hacen falta ganas. Hay que tener la suerte de que llegue alguien que le guste a uno, alguien que prenda a la pareja, y además, que ellos también se sientan atraídos. Demasiados condicionantes.

Sin embargo, la tercera vez resultó más interesante. Fui con mi pareja a una de las colchonetas y tuvimos sexo. Al lado se plantó un cuarteto y me pareció muy curioso ver a las mujeres juntas y felices de probarse por todas partes, mientras los hombres las observaban. Después fuimos a un espacio en donde me podía acostar en un columpio de cuero, más de cinco manos rozaron mi hombro, pero mi novio no quiso el intercambio y prefirió complacerme con sexo oral. Entonces, varias parejas se acercaron a vernos y un par de ellos empezaron a tocarme mientras llegaba al orgasmo. No pasamos de ahí. Aunque no está mal como iniciación, eso apenas es la puntica... del iceberg.

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