Hace unos diez años, más o menos, me diagnosticaron un glaucoma en el ojo izquierdo. Como muchos probablemente sabrán, el glaucoma es una enfermedad que consiste en el aumento de la presión en el interior del ojo, lo que daña el nervio óptico y lleva a la pérdida de la visión con el paso del tiempo. En esa época tenía poco más de 50 años y trabajaba en un asadero de mi propiedad que, por fortuna, todavía tengo en Neiva (Huila).

Poco después de ese diagnóstico me operaron de cataratas y me pusieron un lente, pero nada de eso sirvió de mucho: poco a poco empecé a perder la vista; las figuras, que antes eran tan claras, comenzaron a volverse borrosas y todo empezó a ponerse blanco. De repente ya no veía nada por el ojo izquierdo: los demás eran apenas un bulto y, para rematar, los colores se habían ido. Y la cosa se puso peor cuando la enfermedad empezó a coger el otro ojo.

Saber que uno se está quedando ciego es un proceso muy doloroso. Yo me desmoralicé muchísimo. Soy comerciante, tengo algunos locales, y en el trabajo no podía hacer nada por mi cuenta: tuve que contratar a un empleado que se la pasaba todo el tiempo a mi lado, ayudándome. Tenían que manejarme el carro, llevarme a comprar las cosas que hacían falta en el negocio, de todo… mi productividad se volvió casi nula.

Hubo momentos durísimos. Muchas veces pensaba que iba a terminar como mi abuelo, que se murió ciego, y eso me entristecía. Por fortuna, mi esposa y mis tres hijos se convirtieron en un apoyo importantísimo; siempre estuvieron dispuestos a ayudarme, a llevarme a hacer mis vueltas, y hasta me sacaban a pasear.

Una noche llegué a la casa y recibí una llamada. Me dijeron que en el Centro Oftalmológico Surcolombiano habían aprobado mi trasplante de córnea y que al día siguiente tendría que estar allá antes de las 6:00 de la mañana. Yo jamás había perdido la esperanza de volver a ver, aunque el primer médico que me vio me había advertido que el trasplante era también cuestión de suerte: podía volver a ver o seguir empeorando, si el ojo lo rechazaba. Pero yo estoy convencido de que hay un Dios, y ahora sé que esto es un milagro.

Hace unos 15 días me operó el doctor Luis Augusto Puentes y, a pesar del poco tiempo, ya distingo las formas de las personas y he vuelto a percibir el color. Puedo decir que ahora mismo veo casi el doble de lo que veía antes de la operación, lo cual es una bendición. Hoy estoy feliz de la vida, pensando incluso en ampliar mi negocio y hasta en meterme en otros distintos.

No puedo más que agradecerles a los familiares de esa persona que donó su córnea (aunque la legislación colombiana no me permita saber quién fue, ni hablar con ellos), al médico que me operó y, por supuesto, a Dios. Gracias a ellos soy otra persona: una persona que volvió a ver.

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