¿Qué le dijo Kevin Systrom, cofundador de Instagram, al papa Francisco? Suena como una adivinanza o la primera frase de un chiste, pero es en realidad el secreto detrás de su red social y de la genialidad de dos jóvenes que antes de cumplir 27 años ya habían revolucionado dos industrias: la tecnológica y la fotográfica.

Mientras estaban reunidos en el palacio apostólico, Systrom le dijo al pontífice que las imágenes tienen el poder de traspasar fronteras, idiomas, culturas y generaciones. Para comprobarlo le llevó una muestra: un pequeño libro con diez fotos publicadas en Instagram, desde migrantes africanos en embarcaciones en el Mediterráneo, hasta glaciares derretidos en el Ártico y la tragedia del sismo en Nepal. El papa Francisco, que en ese momento, febrero de 2016, aún no tenía cuenta de Instagram, le regaló a Systrom un rosario. El joven estadounidense lo retribuyó con un #Blessed, es decir #Bendecido.

El equipo de comunicaciones del Vaticano tomó nota del éxito de la foto del papa y el cofundador de Instagram en esa red social, y dos semanas más tarde volvieron a invitar a Systrom a Roma, esta vez para que le abriera una cuenta oficial al pontífice y se la enseñara a usar. Systrom recuerda ese día con cariño. “Cuando el papa me vio entrar me dijo ¡Keviiinnn!, como si fuéramos viejos amigos, compañeros de la universidad o de un club de golf”. El papa estrenó la cuenta con una imagen suya arrodillado en la que pedía en ocho idiomas que oraran por él. Systrom fue el primero en darle la bienvenida a la red social y se declaró #Bendecido. (Lea también: Los genios desconocidos detrás de las aplicaciones más usadas)

Pero en el panteón de los dioses de Instagram, el papa Francisco no está entre los más venerados. En la red social, que hoy tiene más de 1000 millones de usuarios, el pontífice solo tiene 5,7 millones de seguidores. Lo superan, y por mucho, estrellas como Selena Gómez (144 millones) Cristiano Ronaldo (144 millones) o la cantante Ariana Grande (132 millones ).

Instagram nació en 2010 en una cafetería de San Francisco. Kevin Systrom y Mike Krieger se habían conocido meses antes, pues coincidieron en una maestría en Sistemas Simbólicos en la Universidad de Stanford. Un programa que mezcla computación y ciencias cognitivas, pero que es también la palabra clave que abre las puertas al reino de Silicon Valley. Ese mismo curso lo tomaron la directora ejecutiva de Yahoo, Marissa Mayer, y el cofundador de LinkedIn, Reid Hoffman. Krieger, quien nació en 1986 en São Paulo, Brasil, llevaba desde 2004 en California preparándose para ser un ingeniero de software. Systrom nació en Holliston, Massachusetts, en 1983, hijo de una pareja de clase media que le enseñó a soñar en grande.

En la universidad se llevaban bien, pero hablaban poco. En ese universo de genios de la informática que fantasean con crear start-ups tenían poco roce. Pero, una vez terminado el curso, se encontraban con frecuencia en una cafetería donde eran de los pocos que hablaban el idioma del selecto grupo que había estudiado sistemas en Stanford. Krieger recuerda que cuando veía a lo lejos a Systrom tomándose un café, se entusiasmaba, pues era el único al que le podía comentar sobre algún descubrimiento en las redes o un invento suyo que creía tenía potencial. Los encuentros fueron casuales, hasta que un día Systrom fue directamente a la mesa de Krieger y le dijo: “Tengo una idea y creo que va a ser una de las que va a funcionar y siguió, me gustaría que fueras mi socio y cofundador”. Krieger accedió y así nació la aventura que los convertiría a ambos en millonarios. 


Esta fue la primera foto publicada en Instagram, el 6 de octubre de 2010. La tomó Kevin Systrom, decía ‘Test‘ y mostraba el pie de su novia al lado de un perro callejero.

Se trataba de una aplicación llamada Burbn. El nombre nació del amor de Systrom por el bourbon y consistía en una red para teléfonos móviles que permitía a los usuarios registrarse en los sitios donde pasarían vacaciones y, de paso, compartir sus planes y las fotos del viaje. Sin embargo, los nuevos socios se dieron cuenta rápidamente de que la posibilidad de compartir fotos era la única que en realidad les interesaba a los usuarios. En esa época arrancaba el furor de las fotografías tomadas con los teléfonos inteligentes, en especial los iPhone. Pero lo de compartir las fotos todavía no estaba inventado. Era un proceso lento, pues tardaban mucho en descargar y las aplicaciones más populares no ofrecían una buena plataforma para los fotógrafos amateur. Facebook no había terminado de diseñar su aplicación para móviles y el fuerte de Twitter no eran las imágenes.

Estaban enfrascados en el dilema de si cancelar del todo el uso de registro en hoteles para quedarse solo con la herramienta de las fotos, cuando Systrom decidió tomarse unas cortas y económicas vacaciones en Baja California con su novia Nicole Schuetz. Caminando de la mano por la playa, ella le soltó una frase que lo hizo detenerse en seco: “Yo no usaría la aplicación esa que tú y Mike están desarrollando”. La declaración no pretendía ser ofensiva, todo lo contrario, era una manifestación de absoluta humildad. Ella reconoció que su capacidad para tomar fotos era muy inferior a la de sus amigas y que no se iba a exponer a hacer el ridículo. Systrom, aliviado al saber que el problema no era de fondo, le contestó que sus amigas tampoco sabían tomar fotos, pero que parecían muy buenas porque usaban filtros. Ella le hizo la pregunta más lógica: ¿por qué entonces a Burbn no le incorporaban filtros también? Esa noche Systrom no durmió. Antes del amanecer había diseñado el primer filtro en su aplicación móvil y lo estrenó ese mismo día con una foto que le tomó a un perro callejero al lado del pie de Nicole.

La pareja regresó a San Francisco, donde los socios desarrollaron aún más la idea de lograr con el celular fotos bonitas y divertidas. La inspiración de los jóvenes emprendedores fue la cámara Polaroid. Popular en la década de los cuarenta, esta hizo por la fotografía impresa lo que Instagram por la digital: les permitió a los usuarios tener acceso inmediato a sus fotos y así poder compartirlas. Pero pensar en la Polaroid llevó a Systrom y Krieger a caer en cuenta de otra cosa: que las fotos tomadas con un teléfono celular carecían del carácter que tenían las antiguas. Pensando en eso crearon once filtros para que los fotógrafos amateurs les dieran un encanto propio a sus fotos; desde retro, tipo Polaroid, hasta un brillo exagerado en los colores y efectos especiales. Ya no había marcha atrás, Burbn dejaría de existir para dar paso a un nombre que unió dos palabras que resumían su intensión: la instantaneidad y la manera breve de comunicarse, como en un telegrama. Los jóvenes lograron una inversión de medio millón de dólares de dos empresarios en California y ocho semanas después de las vacaciones en la playa con Nicole, lanzaron al mercado la nueva aplicación. (Lea también: Bobby Murphy, el discreto millonario detrás de Snapchat)

El 6 de octubre de 2010 publicaron la primera foto. Fue la del perro callejero al lado de Nicole. La publicó Kevin Systrom con el título de ?Test?. Años más tarde reconoció que de haber sabido que esa foto pasaría a la historia, se habría esforzado un poco más. La imagen fue un éxito rotundo. Más de 93.000 personas la vieron y le dieron like. Un ‘me gusta’, ese fenómeno social que hace que cualquiera armado con una cámara logre la atención y el reconocimiento de amigos y extraños. El éxito no fue por la cara tierna del animalito, sino porque combinó dos elementos que en el mundo digital aún no iban de la mano: compartir fotos al instante y hacer que esa imagen pareciera profesional. Bingo.

En las primas horas de creada la aplicación, Instagram fue descargada por 10.000 personas. Al final de esa semana ya la habían descargado 200.000 personas y a final de mes esa cifra era de un millón. Con esa capacidad de crecimiento y su evidente potencial no era de sorprenderse que Instagram, tan solo 18 meses después de ser fundada, llamara la atención del todo poderoso Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Facebook.

Al mejor estilo de Silicon Valley, Zuckerberg invitó a Kevin Systrom, quien siempre mantuvo la dirección de Instagram, a pasar el fin de semana de Semana Santa en su casa en Palo Alto, California. Instagram tenía entonces 30 millones de usuarios, 13 empleados y una oferta de compra de Twitter por 500 millones de dólares. Los detalles de lo que se habló ese fin de semana se han mantenido mayormente secretos, solo se sabe que mientas el mundo católico celebraba el Domingo de Resurrección, en la finca de Zuckerberg se firmó un pacto de dimensiones históricas. Él compró Instagram por 1000 millones de dólares, 300 en efectivo y el resto en acciones de Facebook.

Aunque ese fue el negocio de sus vidas, la luna de miel fue corta y el matrimonio no fue feliz. Zuckerberg puede ser un genio, pero es un jefe muy complicado. Como Krieger y Systrom también son genios, la convivencia entre tres superdotados resultó difícil.

A Mark Zuckerberg lo precedían dos delicados antecedentes. Cuando compró WhatsApp, por 16.000 millones de dólares, sus fundadores solo se aguantaron trabajar con él cuatro años antes de tirar la toalla. Algo parecido sucedió con el fundador de la compañía de realidad virtual Oculus. Su fundador solo duró tres años antes de su salida. La queja era siempre la misma: Zuckerberg quería tomar todas las decisiones y sus socios perdían el control del producto que habían creado. Por eso a nadie sorprendió que los cofundadores de Instagram renunciaran a sus cargos hace dos semanas, exactamente seis años después de la firma de la venta en California. En ese corto periodo, el valor de la firma había pasado de 1000 millones de dólares a 100.000.

La salida fue decorosa. Por medio de un comunicado, Krieger y Systrom dijeron que se iban para dar un paso atrás y pensar en lo que los inspira y en qué cosas nuevas pueden crear. No mencionaron a Mark Zuckerberg, lo que en la industria de la tecnología equivale a dejar el cargo sin estrechar la mano del patrón. El director de Facebook sí tuvo palabras amables hacia ellos. Les deseó suerte y dijo que estaría atento a ver cuál sería su próxima ocurrencia. (Lea también: El infierno de trabajar en Facebook)

Así las cosas, exactamente ocho años después de la publicación de la foto del perro callejero en Baja California, los estudiantes de Stanford superaron al promedio de su promoción. Mike Krieger tiene 32 años y una fortuna de 350 millones de dólares. Kevin Systrom, quien se casó con Nicole, tiene 34 años y 1400 millones de dólares. Hace poco publicó en Instagram un video suyo contemplando un atardecer en San Francisco. Lo hizo, por primera vez, como un usuario más.