La vagina, que los cachacos suelen llamar ‘cuca’ y los costeños ‘chocho’, es una cavidad o recipiente que comunica el aparato sexual femenino con el exterior y cuya función, entre otras cosas, es hospedar al pene durante el coito. Dicho de otro modo, la vagina es la cadena de hoteles para penes más grande e importante del mundo y como cualquier multinacional tiene ofertas para todos los gustos. Desde aquellos con jardines perfectamente podados como mesas de billar hasta hostales hippies en endémicos pantanos. A mí, que nací en el Caribe, me cuesta trabajo llamar ‘cuca’ a la vagina, me suena ya algo peludo y peliagudo. ‘Chocho’ es más dulce, más rítmico, pelado y gozón, así que si eres un lector cachaco y en vez de una gran verga tienes un humilde pipí simplemente piensa que cuando hablo del chocho me refiero a la cuca y que estoy escribiendo estas líneas para declarar mi amor incondicional por los chochos fragantes y depilados y la compasión que me produce una cuca enmarañada, confusa e indefinida. Los pelos en la cuca son pura digresión, un escondite para pipís cobardes. El chocho pelado es el reto, a cielo abierto, que toda gran verga ansía acometer. Una cuca peluda es más o menos una asquerosa barba con una rajita en medio y algo muy raro deben tener los tipos que en vez de un chocho pelado quieren lamer una frondosa barba. El choco pelado es la más exquisita fruta, la lengua se desplaza allí como por una brillante avenida sabiendo que ningún maldito pelo va a quedar atorado entre los dientes. Los únicos lugares donde acepto ver una cuca tapada de ásperos pelos son los libros de prehistoria. El pelo hiede e infecta, el pelo deforma, atraganta, el pelo deprime. El mundo ha evolucionado para que los pelos desaparezcan. Si el mejor amigo del hombre es el perro, el de la mujer es Gillette Venus. Cuando hago el amor quiero que mi verga se desplace y atraviese la carne caliente de mi chica y no el Mato Grosso, y que ella se moje formando un exquisito lago de claras orillas y no un intrincado charco lleno de matorrales. Quiero nadar, no chapotear. Quiero labios mayores y menores, no una gorda axila.

El pelo es sinónimo de barbarie, las vikingas en vez de vagina tenían empalizadas. Para los vikingos era más fácil arrasar civilizaciones y masacrar inocentes que penetrar a sus mujeres. El mundo vivió en las tinieblas de la dictadura del pelo en la cuca hasta que una bella egipcia se razó la vagina para iluminarlo. No es casualidad sino infinita coherencia que una misma cultura haya inventado la cerveza y el inodoro, el papel y la escritura, la cama y el chocho calvo. Los egipcios, a diferencia de los bárbaros, entendieron que uno busca entre las piernas de una mujer el alivio a sus penas y no un nido de gallinazas; busca una mogolla recién horneada y no un gastado oso de peluche.

J. Corolla afirma que no hay ética sin estética y qué de estético puede haber en una peluda cuca. Si Corolla tiene razón, y creo que la tiene, depilarse el chocho es un acto de honestidad suprema. Y no voy a aceptar ambigüedades, de un lado estamos los que defendemos el chocho depilado y del otro los que no quieren que les toquen un pelo. Por supuesto, la depilación puede tener diversos matices y niveles hasta llegar a las turgentes y lisas planicies. Obviamente, un chocho pelado es más higiénico y los que aún aducen que el pelo protege de las bacterias olvidan que eso era posible con los chochos al aire libre, pero que dentro de la ropa interior los pelos se convierten en un horno donde las bacterias se multiplican a su antojo. Tampoco es válida la teoría de que el pelo amortigua y facilita el roce, el efecto de los pelos es fatídico, el pelo hiere. ¿O acaso te lavarías la verga con un esponjilla Bon Bril? Mi deseo es chocar una y otra vez contra la abultada carne del chocho, resbalar por su ardiente superficie y naufragar en su oscuro fondo sin enredarme en un absurdo e inútil follaje.

La cuca peluda tiene un aspecto enfermo e indigente, parece más un sucio vagabundo que la quintaesencia del deseo y el placer. Quien ama la cuca peluda revela un temor inconsciente, es como si se negara a ver lo que es en realidad el chocho, como si odiara ese laberinto de carne y evitara ver y explorar sus pliegues. Quien ama la cuca peluda quiere gato por liebre, su miedo al abismo lo lleva a replegarse tras la barricada de pelos. Quien ama la cuca peluda quiere irse por las ramas. El chocho pelado no admite coartadas, se abre ante tus ojos en toda su plenitud. No quiere el relleno sanitario de unos pelos y un pipí, el chocho pelado exige ser colmado de verga.

Leyendo sobre el origen o la utilidad del vello que recubre la vagina me enteré de que antiguamente las parteras no se preocupaban por depilar a la mujer que estaba por parir y debido a esto muchos bebés morían ahorcados o asfixiados por los maternales pelos asesinos. En consecuencia, nadie sabe con certeza de dónde proviene esa selva palúdica que, aparte de matar bebés, causar infecciones y ser guarida de piojos, no sirve para nada. En mis tiempos de universidad las feministas se negaban a depilarse axilas y entrepiernas, para ellas era un símbolo de autodeterminación y para el resto de la universidad, una emergencia ambiental. Como es natural, a las feministas no les bastaba con ser feas (todas parecían la hermana gemela de Carles Puyol), querían llevar las cosas al extremo e hicieron un happening en el que desfilaron desnudas. En algunas, las lianas que pendían de sus vaginas rozaban el piso, ellas al pasar se rascaban la crica y reivindicaban su derecho a ser peludas. Las chicas bellas reían y ellas, las feas feministas cucas peludas, las acusaban de sometimiento al poder y a la cuchilla. Me he preguntado y me pregunto a esta altura de mi vida qué carajos tienen que ver la lozanía y eterna juventud de un chocho pelado con la revolución y demás pendejadas por el estilo. Me parece estupendo que la mujer alcance sus metas y gane espacio en el mundo masculino, me parece del putas que logre cosas que antes fueron exclusividad de los hombres, que juegue golf, pelota vasca, fútbol, etcétera. Pero sería terrible que en su afán de dominar el mundo olvidara podar el jardín de las delicias y lo dejara abandonado a la insidia sin garbo de los pelos, cancelando de este modo el paisaje favorito de mis sueños e insomnios.

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