Mi papá, Óscar Ruiz Mondragón, fue árbitro, y de allí me viene el gusto por la profesión. Él me enseñó muchas cosas. Recuerdo un partido aficionado, apenas comenzando, que se me estaba saliendo de las manos. La cosa estaba complicada, todo el estadio me gritaba. Al final del primer tiempo mi papá me agarró en el baño y me dijo: “Bueno, ¿quién es el árbitro aquí?”. “Pues yo”, le respondí. “Pues parece que no lo fuera”, dijo él. “Usted es el que manda, no se deje gritar”. Fue muy fuerte, pero me enseñó lo que es la autoridad, y que uno puede perder y equivocarse, pero tiene que mantenerla siempre.

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En el primer partido que dirigí en la vida, cuando todavía era un pelado, pité un penalti. Era entre un equipo de viejas glorias y un club que se llamaba Alfa. Recuerdo que en medio de la jugada botaron el balón lejos y yo salí corriendo detrás para traerlo. Luego fue que me dijeron que el árbitro no tenía que hacer eso. Por esa época, en otro partido, expulsé a mi papá y a un hermano que se llama Ricardo. Él no dijo nada, pero mi papá sí se emberracó. Luego me pidió disculpas, pero me la cobró en otro partido, en el que yo jugaba y él era el árbitro: ese día simulé una patada y me echó de una. Ahí quedamos a mano.

El primer juego que dirigí como profesional fue el 7-3 de Santa Fe a Millonarios, el 23 de febrero de 1992, en El Campín. Debutar en un clásico marca, uno se siente orgulloso. Recuerdo que ese día la primera persona que me entrevistó fue Javier Hernández Bonnet, que entonces trabajaba en Todelar, y eso me hizo sentir importante. Por ese entonces, en un camerino le agarré la escarapela Fifa a Jorge Zuluaga, el árbitro caldense, y le dije: “Ojalá algún día yo tenga esta”. Y él me respondió, sin dudarlo: “La tendrás, Óscar. La tendrás”.

En la cancha me pasaron mil cosas. Una vez, en un Tolima–Millonarios, Belmer Aguilar, que era defensa del azul, se me fue encima a insultarme después de pitar una falta, y yo me salí de la ropa: le mandé un manotazo y tuvieron que agarrarme, porque me fui detrás de él. A los pocos días me llamó a disculparse. Otra vez, cuando el Pecoso Castro dirigía al Quindío, se emberracó y se metió a pelear con un jugador, creo que Bolaños. Entonces me le paré al frente y le dije: “Profe, cálmese, que el periodista que le da duro a usted es el mismo que me da a mí, y si lo echo nos va a dar palo a los dos al tiempo. Así que quédese quieto”. Y se calmó.

Tal vez uno de los episodios más famosos de mi carrera fue cuando Carlos ‘El Pibe‘ Valderrama, que era el mánager del Junior, me sacó un billete de 50.000 y lo agitó desde el borde de la cancha, gritándome que estaba vendido. Eso fue el 30 de octubre de 2007 y le dio la vuelta al mundo. Junior le ganaba 1-0 al América, y al minuto 42 del primer tiempo pité un penalti a favor del rojo. Ahí se emberracó el hombre. Recuerdo que yo le decía, muy respetuosamente: “Maestro, por favor…”. Y él, furioso, me gritaba: “¡Maestro el burro, hijueputa!”. Después nos encontramos varias veces —en la despedida de Higuita, por ejemplo— y, como él dice siempre, “todo bien, todo bien”. Fue una calentura de momento, nada más. Porque eso sí, con el perdón de Willington Ortiz y del mismísimo James, yo digo una cosa: el mejor jugador de fútbol que ha tenido este país se llama Carlos Valderrama.

Pité un partido entre América de México y Guadalajara justo después de que me dejara una novia, y yo entré cabreado al campo. En un momento dado, pité un penalti y de una se me vino un jugador a decirme: “¿Pero qué pasó, cabrón?”. Apenas escuché eso me le fui encima, y el asistente me gritaba desesperado: “No, no, Óscar Julián, en México decir cabrón es muy común. No se ofenda”.

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Siempre he sido aficionado a los perfumes, tengo un montón y los colecciono. Y estábamos en un Nacional–Cortuluá cuando de pronto Herman ‘El Carepa‘ Gaviria, que en paz descanse, se me viene a protestar por algo; como sentí que olía bueno, le dije de entrada: “Carepa, ¿qué perfume tiene?”. Y él me respondió, sorprendido: “Tommy”. Ahí ya se le olvidó por qué venía a alegar.

Durante mi carrera me encontré con todo tipo de jugadores. Les pité a varios muy temperamentales, complicados: el Cholo Simeone, por ejemplo, o Diego Lugano, el defensa uruguayo. Aquí en Colombia, Arley Betancourt era dificilísimo, ni por las buenas ni por las malas se podía con él. Claro que estaba también el lado opuesto: Alexis Mendoza, el hoy técnico de Junior, siempre fue un caballero. Lo mismo que el argentino Sergio Galván Rey, que fue figura con el Once Caldas. Lo curioso es que con los difíciles me iba bien. Francisco ‘Pacho‘ Foronda, que era siempre conflictivo, conmigo se portaba juicioso. Una vez me llevó su camiseta del Once cuando se acabó el partido, sin yo pedírsela. En cuanto a técnicos, el Pecoso Castro y Jorge Luis Pinto son impulsivos porque sienten el fútbol, pero fuera de la cancha son personas muy diferentes. Es más, si yo tuviera un equipo no dudaría en contratar a cualquiera de los dos para que lo dirigiera.

Recibí cualquier cantidad de insultos durante los años que pité en el fútbol. Es que el árbitro es como un policía, o un juez, y es muy jodido tener a todo el mundo contento con las decisiones que toma. Pero hay que entender que en el momento existe calentura, y aprender a separar el insulto de la persona. Son cosas del fútbol. A veces hay insultos de periodistas que trascienden, y eso es complicado, porque todo el mundo tiene derecho al buen nombre. De todas maneras no hay rencores porque, después de todo, ¿quién soy yo para juzgar?

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