Decir que a uno no le gusta que lo toquen puede parecer extraño, pero a mí me pasa. Hasta los 16 años pensaba que era un tipo raro. Me sacaba de quicio cualquier contacto, así solo me rozaran el brazo. Y no solo me molestaba el contacto con las personas: a veces la simple fricción con las cobijas era insoportable, las sentía pesadas sobre la piel. No entendía qué me pasaba, hasta que busqué en internet una frase que describía muy bien lo que sentía: “Fobia a los abrazos”. (Fobias sexuales más comunes)

Ahí fue cuando me encontré con algo que se llama hafefobia y que es mucho más que el miedo a abrazar; tiene que ver con una aversión al tacto, a tocar y a ser tocado, incluso por personas muy cercanas. Al principio creí, sin embargo, que era una bobada mía, pero mientras más leía al respecto, más me daba cuenta de que todo encajaba con lo que me pasaba, con lo que aún me pasa. 

Pero no crean que mi vida es un infierno. De hecho, es bastante normal, sobre todo, gracias a que he aprendido a dominar diferentes situaciones del día a día que podrían ser traumáticas. Puedo, por ejemplo, montar sin problema en el transporte público de mi ciudad, Popayán, pues ya le tengo el tiro: aprendí los horarios menos congestionados para tomar los buses, espero a que pase uno medio vacío y busco los rincones más alejados, cuando los hay. Aunque acepto que ese tema no siempre es tan fácil. Una vez, en Ciudad de México, el metro se llenó tanto que todas las personas a mi alrededor me empezaron a rozar, a tocar, a espichar. Fue horrible: las piernas me temblaban, tenía el corazón a mil y sentía que me quedaba sin aire. Por eso mismo, evito ir a lugares muy llenos. A veces voy a fiestas, sí, pero por nada del mundo bailo amacizado; yo creo que esa es la razón por la cual me gusta tanto la música electrónica.

En este punto ya se estarán preguntando cómo hago para tener pareja. Lo primero que les digo es que sí, a pesar de mi condición, sí he tenido pareja estable. A mis 23 años, ya he estado ennoviado, pero solo una vez. Con la hafefobia pasa una cosa: cuando hay mucha confianza con alguien, el contacto físico puede no resultar tan incómodo. Pero eso no significa que no sea difícil lidiar con las situaciones típicas de una relación. Un ejemplo: si estábamos arrunchados viendo una película y me acariciaba el brazo o me consentía el pelo, me paralizaba ahí mismo. Afortunadamente, eso no me sucedía con los besos, pues en un punto se sienten más otras cosas y el tacto pasa a un segundo nivel. (Mi fobia a los ojos claros)

Ahora, cuando la tocada viene de alguien con quien no tengo nada de confianza, la cosa es a otro precio. Trato de no dar la mano, y cuando lo hago —por lo general porque me presentan a alguien y resulta inevitable la situación—, necesito unos segundos para prepararme psicológicamente. No me gusta que me den palmadas en la espalda cuando me saludan, odio que me toquen para pedirme paso y no soporto que me pongan la mano sobre el hombro cuando me quieren decir algo. Sé que la gente no tiene malas intenciones cuando lo hace, pero me siento agredido, violentado, y me pregunto “¿por qué lo hace?”. Es tal la sensación de incomodidad que experimento ante cualquier roce, que hace poco me hice un tatuaje y sentí más la mano del tatuador que el dolor de la aguja.

Sin embargo —y aunque a muchos les parezca raro—, nunca me he sometido a un tratamiento contra la hafefobia. ¿Por qué? Porque me da pánico pensar que me hagan una terapia de choque: que me pongan a tocar a todo el mundo para que se me quite la “bobada”. Además, no es algo que ande contándole a cualquiera, pues cuando lo hago, a las personas les parece chistoso y me empiezan a sobar y a pellizcar para ver cómo reacciono. Aunque a veces es mejor hacerlo público, porque si no lo hago, muchos se ofenden con mi comportamiento. Para que entiendan a qué me refiero: trabajo en un voluntariado y en una ocasión teníamos que dar los famosos abrazos gratis; me negué, por supuesto, y me tildaron de antipático. Algunos, incluso, dicen que no me creen, porque soy cariñoso, pero no se dan cuenta de que generalmente expreso ese cariño con palabras o acciones, y no se fijan en que el contacto que hago está realmente planeado. (Mi fobia a los penes)

Mucha gente me pregunta de dónde viene mi fobia, y la única respuesta que tengo es que creo que viene desde bien atrás. He investigado sobre las causas y he encontrado que una de las más comunes es la falta de afecto de los padres. Y mi relación con mi mamá no es la mejor. De hecho, tengo intacto un recuerdo de cuando tenía 8 años: yo la estaba abrazando, pero ella me apartó y me dijo que no lo hiciera más, que no le gustaba. En ese momento, le prometí que nunca más la iba a abrazar. Hoy, 15 años después, mantengo esa promesa. Cada vez que intenta tocarme, le digo: “Acuérdese de lo que me dijo esa vez”. Generalmente me responde que yo molestaba mucho y que los niños dicen muchas bobadas, pero para mí fue un golpe muy fuerte. Ella cree que no la quiero por eso, pero es mentira: he llegado a entender que el tacto no tiene que ver con el cariño, porque sí la quiero, y mucho.

Ahora, no piensen que soy del todo intocable: aunque parezca extraño, a veces, cuando estoy triste o siento una fuerte necesidad de expresar afecto, busco un abrazo, pero tiene que ser por mi iniciativa, no me pueden coger desprevenido. Y cuando me emborracho, me desinhibo un poco y de repente me da curiosidad de tocar a la gente, pero el efecto desaparece inmediatamente después de que se me baja la borrachera. (¿Puede uno perder el miedo a volar con el curso de Avianca?)

Con trago o sin trago, tener hafefobia no es algo que uno pueda dominar del todo. El sentido del tacto siempre va a estar ahí, no hay forma de apagarlo. Uno no puede decirle a la piel que no sienta. Lo que sí puede hacer es aprender a vivir con eso y no meterle demasiado misterio al tema.

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