Hace unos años vivía una crisis emocional, afectiva, intelectual y espiritual. Nunca he sido ajedrecista en la vida, de los que calculan cada movida para lograr un objetivo, pues siempre me he guiado por el corazón. Pero la verdad, por primera vez en 50 años, estaba perdido. La familia sufría silenciosamente a la par. Pedro, mi hijo menor, había vivido una crisis similar. Nuestra relación entonces no era la mejor. La verdad, era mala, distante, lejana. La vicepresidencia me había privado de algo que para mí es fundamental: gozarme y vivir a plenitud a mis hijos y a mi esposa. Fueron ocho años muy difíciles en materia familiar. Estaba en deuda, en especial con los dos más pequeños, Carmen y Pedro, que en 2002 tenían 8 y 7 años respectivamente. Veníamos de España, donde los llevaba al colegio todos los días, viajábamos y disfrutábamos enormemente de ser una familia unida. Súbitamente, el papá se desapareció. Se dedicó a trabajar día y noche como vicepresidente y dejó un vacío emocional de ocho años.

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De pronto sentí que Pedro cambiaba, que se acercaba a mí. Me hablaba, me consentía. Sorprendido con el cambio, un día le pregunté: “¿Qué hiciste que estás muy distinto conmigo?”. Me contó de una terapia Gestalt y de un terapista, Jorge Llano, que lo habían sacado de una crisis de años que para un joven dulce, cariñoso y emotivo como él había sido muy difícil de sobrellevar. En mi baño, fumándonos un cigarrillo, me dijo: “Papá, yo creo que esa terapia te puede servir, ¿por qué no lo intentas?”. Y ahí comienza esta historia.

Estuve un año en esa terapia. No me avergüenza decirlo, porque cambió mi vida. Me ayudó a encontrarme, a recuperar mi norte y, sobre todo, a recuperar a mi familia. Esta carta que le escribí a Pedro —lo mejor que he escrito hasta hoy— la hice después de un taller de sanación parental que me permitió recuperar la memoria de mis padres, sanar heridas y entender cómo en las dinámicas familiares los papeles se confunden y generan tremendos daños en los hijos y en la pareja. Hoy, soy feliz otra vez. Mi matrimonio es mi piso y mi esposa, la roca en la que se funda un proyecto conjunto. Mis hijos encuentran su lugar en el mundo y veo con inmensa alegría que el ocaso de la vida va a ser feliz junto a María Victoria y a Benjamín, Gabriel, Carmen y Pedro.

Carta a mi hijo Mi héroe:

Peter, hoy frente a este altar, a mis ancestros y a mi descendencia, te escribo esta carta para honrarte, para homenajearte y para darte las gracias.

Eres un héroe. Me rescataste al rescatarte a ti mismo. Y me llevaste a recuperar a ese hombre seguro y lleno de amor que se había refundido. Ese hombre, hoy de 50 años, puede volver a ocupar su lugar como esposo y padre que durante tantos años había delegado o había entregado a otros en la familia.

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Al entender por qué llegué hasta aquí, por qué fui como fui, hoy puedo cambiar y amar a los demás como en verdad debe hacerse. Amar a tu mamá como esposa y no como hijo. Amar a los hijos como padre y no como amigo o hermano. Hoy puedo ser quien he debido ser, sin excusas.

Ser héroe y superar al padre a los 16 años es algo grande. Difícil de sobrellevar. Pero no te enredes en eso y sigue siéndolo como hijo y como hermano. No trates nunca de hacer sin ser tú mismo. Eres el menor de cuatro, te tocó sentir la soledad del menor y a veces jugar papeles en la familia que no te correspondían. Fuiste excluido. Y lo dejaste atrás. Al cambiar, nos cambiaste a todos.

Mi héroe, mi niño pequeño, mi gatico, mi chatico, te amo y te admiro por tus cojones y hasta el último día de mi vida me acordaré de este nuevo comienzo al que llegué por ti y por tu mamá. Regresó mi vieja a mi corazón. El dolor con mi padre quedó atrás. Hoy están en un altar que merecen. Ahora tendré que construir ese altar que tu mamá merece de sobra. Y lo mismo el de tus hermanos y tu hermana. Tú ya tienes el tuyo. Te adoro.

Tu viejo

Guasca, 10 de junio de 2012

Carta a  mi padre Querido papá:

Supongo que, al escribir, muchos pensarán que hago una carta de admiración a un político, pero se equivocan. Escribo esta carta al ser humano más valiente que conozco, a un intelectual de los de verdad, de los que devoran libros y hablan hasta la madrugada, siempre con un cigarrillo en la mano, y de los que poco duermen con la cantidad de ideas que les llegan a la cabeza. De esos que la embarran por decir las cosas como son, y de los que tienen el corazón y la humildad para agachar la cabeza y reconocer sus errores. Mi viejo.

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Pasé mi infancia escribiendo cartas para no tener que comprarte regalo el día de tu cumpleaños, así que este ejercicio no es nuevo, pero quizá sí es el más real. Tanto ha pasado en estos últimos meses que ya venía sintiendo necesaria la oportunidad de plasmar en papel todo lo que he venido sintiendo y aprendiendo. Has sido un maestro en mi vida, incluso cuando poco entendía yo las razones de tu actuar. Cuando más sentí tu ausencia, más aprendí a ser férreo a mis causas. Cuando más duras sentí tus palabras, más aprendí a escuchar.

Poco a poco, tu opinión pasó de ser agradecida a necesaria. Los mil y un cigarrillos que nos fumamos, las lloradas en cine, los documentales que empezamos y jamás terminamos, el intercambio de música y de ideas, me han enseñado a verte no solo como un padre, sino como un amigo y un consejero.

De ti aprendí que toda tormenta termina en un arcoíris. Que por más quebradas que estén las cosas, se pueden arreglar siempre que haya disposición. Que el perdón se merece y se trabaja, pero se logra. Me enseñaste que la vida se vive con pasión y que poco o nada importa lo que digan los demás si lo que haces te llega del corazón.

Aprendí que la vida no es una carrera sino una caminata lenta en la cual hay que observar el paisaje; que en los huecos hay que caerse para poder levantarse más fuerte, y hacerlo las veces que sean necesarias para conocerlos y nunca más volver allí; que la verdad es lo más importante en la vida y que sin honestidad no se duerme tranquilo, y claro: que, aunque muchas veces duela, esa verdad siempre es necesaria. Aprendí a amar sin esperar nada a cambio; a entregar todo mi ser y nunca hacer las cosas a medias; a mostrarme como soy y quitarme las máscaras que tanto hacen daño; a afrontar las situaciones con valentía.

Hoy veo en ti a un ser humano correcto, luchando contra viento y marea por hacer las cosas bien; como siempre, con el corazón en la mano y dispuesto a corregir errores cuantas veces sea necesario para seguir fiel a sus convicciones. Poco a poco, empiezo mis propios proyectos de vida, mi camino, y por más distinta que sea nuestra orilla, siempre serás parte de quien soy como persona.

Tu chato

Bogotá, primero de noviembre de 2016

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