¿Para qué sirven las alcantarillas? —pregunta la guía de la visita escolar.

—Para evacuar la mierda —contesta uno de los preadolescentes.

La guía, que está acostumbrada a respuestas como esa, respira hondo, lo que, considerando el lugar, tiene su mérito. Luego, retoma el control, didáctica:

—Para eso, sí, pero también para muchas otras cosas. Por eso ustedes están aquí hoy, en el interior del alcantarillado de París… (Viaje al pueblo sin tocayos)

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“Las visitas existen casi desde que las alcantarillas se construyeron —me explica Emmanuel Souquet, el ingeniero que está al frente del servicio de alcantarillado de la ciudad desde hace cuatro años y, como tal, es responsable de los tours por las ‘tripas’ de la capital francesa—. Cuando a mediados del siglo XIX, durante el Segundo Imperio, Eugène Belgrand diseñó el sistema de evacuación de aguas negras y aguas lluvias de París, lo hizo de manera que los encargados del mantenimiento pudieran alcanzar desde el subsuelo la entrada de todas las construcciones, ¿se imagina? Cada calle de París tiene su doble bajo tierra. Al principio, los parisinos estaban locos por ver eso”.

Souquet nunca abandona el tono admirativo para hablar de Belgrand, quien convirtió la rudimentaria red de desagües de la vieja París —esa que Victor Hugo describe en Los miserables— en un tramado que a lo largo de un siglo y medio ha servido no solo para su propósito inicial, sino como conducto natural para las tuberías de agua potable y no potable, para los canales de aire comprimido, para el cableado de semáforos, para la red de fibra óptica y hasta para el envío de telegramas neumáticos, esos que se enviaban bajo tierra, impulsados por aire comprimido. Hoy en día, el alcantarillado (oscuro) de la Ciudad Luz tiene 2500 kilómetros de corredores. Y a diferencia de la mayoría de ciudades, en París los técnicos que revisan y reparan todo tipo de redes no necesitan romper las calles para acceder a los cables y a los túneles. 

Por esa vocación de visionario de Belgrand, un busto suyo reina en medio de la red de alcantarillas de la ciudad. Esculpido en mármol, está ubicado en el tramo central de la sección que desde 1975 la Alcaldía de París acondicionó para recibir a estudiantes de colegio, turistas y parisinos curiosos.

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A finales del siglo XIX, cualquiera que quisiera descubrir a dónde iban a parar la lluvia y los desechos que caían por los sanitarios parisinos lo hacía en un remolque halado por una minilocomotora. La visita era gratis y bastaba obtener un tiquete en una ventanilla de la alcaldía municipal. A partir de los años veinte, sin embargo, se estableció una tarifa por la entrada. Entonces, los visitantes embarcaban en uno de los 12 botes de 7 toneladas y 10 metros de largo que los técnicos aún utilizan para el mantenimiento de los colectores principales (es decir, las avenidas de las alcantarillas), donde desembocan los canales de cada calle. Los recorridos se hacían dos veces al día entre mayo y octubre, nunca durante el invierno.

El circuito actual se hace a pie. La entrada está en un kiosco discreto, donde cada visitante adulto paga 4,20 euros (algo así como 14.000 pesos). A diferencia del tour por las Catacumbas de París, el otro plan subterráneo de la capital francesa, acá no es necesario hacer fila durante horas. “Yo diría que hay un público común con las Catacumbas, por ser un cementerio, por las calaveras, por ese lado misterioso que tiene, pero aquí la gente rara vez tiene que esperar más de cinco minutos —explica Souquet—. Aun así, contamos con alrededor de 100.000 visitantes anuales, y eso que luego de los ataques terroristas también a nosotros se nos ha bajado el número de gente”. (Viaje al fondo de Ordóñez)

Aproximadamente un tercio de los visitantes son extranjeros; hay delegaciones que vienen por motivos profesionales, para conocer cómo funciona el alcantarillado parisino, pero en general es gente que ya ha estado en París antes y ha pasado por los recorridos turísticos típicos: desde la basílica del Sagrado Corazón, en Montmartre, hasta las insufribles tiendas de marca de los Campos Elíseos. El segundo tercio de visitantes está compuesto por franceses que van por pura curiosidad. El resto son grupos escolares. “A los adolescentes les interesa ese aspecto de desafío. Los niños, que ahora aprenden mucho de ecología, lo toman por el lado del ciclo del agua. Con frecuencia, la visita hace parte de una serie en la que también los llevan a las plantas de tratamiento”.

Uno de los miembros del equipo de diez guías, todos verdaderos trabajadores sanitarios que rotan por el lugar, me cuenta que los profesores de algunos colegios les han dicho que a los padres de familia hay que explicarles varias veces de qué se trata el tour antes de que les den a sus hijos el permiso de hacerlo: “Aunque el recorrido se hace por cloacas reales y en funcionamiento, aunque pasamos por las válvulas que en caso de emergencia pueden vaciar el contenido de las alcantarillas de París en el río, aquí hay pasarelas, rejas y barreras, de manera que los niños pueden observar pero no van a estar dentro de las aguas negras”.

Los visitantes —eso sí— verán pasar unos centímetros bajo sus pies el agua llena de desechos de la digestión humana, manchas viscosas, papel y residuos orgánicos convertidos en un material pastoso, además de muchas, muchas, colillas de cigarrillo. Y si alguno llegara a mojarse, solo será por las gotas de condensación que se forman en los conductos de agua potable que pasan sobre su cabeza.

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La falta de contacto con el barro parece decepcionar a una pareja estadounidense. Son dos hombres en la cuarentena que el día anterior visitaron las Catacumbas. “Compramos botas de caucho y todo. Hubiéramos podido venir con zapatos de material”, dice uno de ellos.

Sin embargo, si hubieran tenido que entrar al agua, las botas no habrían sido suficientes. A lo largo del recorrido, varios maniquíes muestran la indumentaria de los trabajadores sanitarios, que puede llegar a incluir un sistema de respiración artificial para las misiones de largo aliento. Se exhiben también las herramientas utilizadas para el trabajo de limpieza; las más llamativas son las esferas de 3 metros de diámetro que permiten que las aguas negras lleguen al río Sena sin contaminarlo y el sistema de palanca que levanta las tapas metálicas de las alcantarillas sin esfuerzo (no, aquí en París no se las roban).

—Del olor sí que no puedes quejarte —señala el otro hombre estadounidense.

No se equivoca: las alcantarillas de París huelen a alcantarilla.

Pero si uno deja pasar el tiempo normal de la visita, que es de unos 45 minutos, y vuelve a recorrer despacio los túneles y el canal al que llegan las porquerías de los habitantes de la elegante rue Cognacq Jay, por ejemplo, se va dando cuenta de que ese olor de alcantarilla son varios olores. Hay instantes en los que llega el olor de humedad de un viejo sótano. En otros momentos, aparece el olor del agua lluvia o el de la grasa de una parrilla que nadie ha lavado en días. Y hasta me llegó una oleada que me recordó el sifón del patio de la casa de mis abuelos en Bucaramanga; la imagen fue tan viva que pensé que aparecería una de esas cucarachas gigantes de tierra caliente. Pero nada. No se ven ni cucarachas ni ratas; excepto media docena de roedores, pero que están disecados y expuestos en una vitrina.

Souquet me explica que, a diferencia de las ratas de superficie, las de alcantarilla son animales tímidos que huyen de la presencia humana y la única manera de verlas vivas es esperar con paciencia y en silencio hasta que se asomen. “Por las ratas también nos preguntan mucho los visitantes —me cuenta—. Les decimos que, aunque por supuesto no es bueno que la población de ratas se salga de control, son animales muy necesarios aquí abajo. Ellas se comen buena parte de los residuos de alimentos y colaboran con la limpieza de la red”. Cosas que uno aprende. (Viaje a la meca de los maratonistas)

También aprendí que cuando hay cualquier trabajo bajo tierra, un funcionario del alcantarillado se queda afuera para avisar si empieza a llover o si hay demasiado tráfico; en el primer caso, una subida del nivel del agua puede ocurrir rápidamente. En el segundo, los gases de los tubos de escape pueden envenenar las galerías subterráneas.

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