¿Le gustaría tener sexo con gente que no hace ruido cuando tira? ¡A mí no! Me siento como si el man tuviera un ataque digestivo, o estuviera planeando un robo y no pudiera dejar de maquinar por dónde va a escaparse con el botín. El excesivo silencio de algunos de mis amantes me ha llevado a interrumpir polvos o a acortarlos, porque para mí el mutismo y el sexo no pegan.

Siempre interrumpo su incómodo mutis gimiendo o diciendo algo que pueda resultar estimulante, divertido o que le espolvoree picante a la escena. Claro está, sin pasarme, pero que transforme un polvo aburrido en un diálogo sexi o provocador.

Por regla general, no me privan los que aúllan o hacen tremendo bochinche, porque al final consiguen incomodarme o que los vecinos piensen que no duermo con un amante, sino más bien con un camión de bomberos.

Pero, si el sexo es en medio de la naturaleza, ya no me importan los decibelios, aunque realmente solo ha ocurrido tres veces en mi vida y todavía estoy quitándole el pasto a la ropa interior. Cuando es en otro idioma, la cosa cambia: no me molesta que grite como un condenado si es en portugués. ¡Y ya ni digo lo que sucede cuando me susurran en italiano, porque empiezo a mojarme! Es que me resulta muy sexi, porque puedo distinguir las cerdadas, aunque me las digan en serbio.

Recuerdo un judío que me soltó esto: “Quiero hacerlo contigo, pero detesto que me hablen”. No fue chévere. Estuve todo el tiempo pensando en no hacer ruido para no molestarlo mientras sentía que me había equivocado de tipo.

Cuando toqué este punto con algunos de mis amigos, encontré que a Lucía le encanta que le hablen, pero no al oído. A Tatiana, que lleva bastante tiempo casada, le gusta que la seduzcan con palabras antes de tener sexo, pero no durante: “Cuando te conoces tanto con alguien ya sabes cómo, cuándo y qué… Sobra tanta lora”.

Intuí que a los hombres les encantaría esta pregunta y supuse que me saldrían con varias parrafadas sobre lo que sueltan con el sudor en la intimidad; pero para mi sorpresa, Enrique me contestó: “¿Hablar, yo? !No! A veces me gusta que lo haga ella, pero depende de lo que diga y solo si le sale natural”. Cuando le pregunté por lo que le gustaría escuchar añadió: “En el fondo de mi ego, que está genial y que le encanta; aunque soy más de miradas e intensidad”. Mariajo prefiere las cochinadas light, como por ejemplo, “qué tetas tan ricas”. Y Pandora, mi amiga española, se enciende con: “¡Qué buena estás, la ostia puta, cómo me pones!...”. Una frase que puede extraerse de cualquier película de Nacho Vidal. ¡Ole! Sergio me escribió estas tres: “Cómeme. Métemela rico. Soy tu perra”. Su trío me resulta chistoso, porque yo lo he dicho en efervescencia y calor. Juan Felipe me salió con el cuento de que prefiere que usen la lengua, pero para pasársela por todo el cuerpo. Lo más gracioso es que yo he tenido sexo con él, y recuerdo que él habla más que comentarista de fútbol.

En resumen, a mí me chifla que me hablen, me excita escuchar cosas nuevas y delirantes, me fascina que sean creativos, diferentes, que me pongan a mil mientras me besan y me penetran con el alma. Que no cuenten lunares o estrías, que no se despisten y terminen hablando de otra, porque lo más importante es estar presente en cuerpo y karma. No quiero un caballero de guantes, me quedo con el que deja que su imaginación de glotón sexual vuele y dé muestras de talento descriptivo para hablar de mis tetas o de todo el kamasutra que podríamos hacer con nuestras ganas. Que hablen es como si el sexo tuviera micrófono y subtítulos... Ya pondremos los dos el resto de la película.